
Burela volvió a demostrar que es un ejemplo de convivencia y de humanidad. Ayer, en mi pueblo, vivimos lo que debería sentirse en cada rincón del mundo: respeto por la vida, respeto por la cultura y respeto por la identidad.
Cuando una comunidad se vuelca, cuando las diferentes culturas se celebran para seguir creciendo, nace la unión y la fuerza de la humanidad.
El primer partido del mundial empieza como debe ser, ganando dos países. Porque, aunque el marcador dijera empate, la victoria retumbó en la plaza de mi pueblo hasta altas horas de la madrugada. Las banderas ondeaban y se mezclaban unas con otras, sin importar colores ni fronteras, celebrando lo mejor que tenemos: el simple hecho de estar juntos y la emoción colectiva que eso provoca.
Besos, abrazos, música gallega y caboverdiana… Ayer Burela fue un latido común, un recordatorio de que la convivencia no es un ideal lejano, sino una realidad, porque si queremos podemos construirlo cada día, gesto a gesto, canción a canción. Y cuando sucede, cuando de verdad sucede, se nota en el aire: se respira diferente, se vive diferente, se celebra diferente.
Estoy orgullosa de mi pueblo, ayer me sentí orgullosa de verificar que da igual de dónde vengas, qué idioma hables o que bandera te represente, lo importante es que somos todos parte de la misma historia, una historia de convivencia real, respeto, abrazos sinceros y una diversidad que suma.
Ayer no celebramos solo el primer partido del mundial, celebramos lo que somos y lo que somos capaces de construir, un lugar en el que caben muchos lugares.
Y esto, es un gran tesoro.